En un lugar lejano, en donde el planeta es pequeñamente redondo, como el del Principito, había un árbol de grandes y pesadas ramas. Junto a él había otros más con los que conversaba de vez en cuando. Sabía que no pasaría mucho tiempo en que ellos se fueran, pues era la ley de la vida, cada uno tomaba el rumbo del destino que le correspondía. El era pequeño aún para ello y sus raices estaban aun muy enterradas.
Pues, esos días llegaron en que solo se quedó y triste comenzó a mirar a su alrededor, nadie había pero se dió cuenta que era todo muy bello. Antes, con los otros árboles, estaba preocupado de atenderlos y entenderlos, ahora sólo se tenía a él mismo y su entorno.
Tranquilo comprendió que tenía que esperar que su destino llegaría, mientras debía aprender de si y todo lo que los otros árboles le enseñaron... y se durmió.
Cuando despertó, asustado vió que el suelo estaba muy lejos y claro, había crecido. Su tronco era más grueso ahora pero sus ramas seguían del mismo tamaño, se sintió extraño.
Un día despertaba al alba con el canto de los canarios que se posaban en sus ramas para dormir y sintió un peso en sus raices. Quería tomar agua y no podía moverlas. Se movía en algunos intentos y dió un grito de impaciencia.
Y cual fue su asombro al ver que, igual de asustado, salto del suelo un oso peludo y regordete de pelo cafe con leche. El oso le pidió disculpas, pues con la oscuridad de la noche sólo atinó a recostarse allí para descansar.
El osesno era joven y andaba explorando nuevos territorios como todos los demás, pero se sentía solo, tal como el árbol. Entonces conversaron tanto que el sol y la luna los saludaban cada vez con más frecuencia.
A árbol le crecieron las ramas porque el osesno ya creció también, entonces así lo podía cubrir mejor del sol y de las fuertes lluvias del invierno... cumpleaños y navidades.
Se hicieron grandes amigos. A cambio el oso regaba periodicamente sus raices, podaba sus ramas secas y limpiaba; el árbol le entregaba sus frutos.
Pero un día el oso le dijo al árbol que ya era tiempo de seguir su destino. El árbol también le dijo lo mismo. Pero habían compartido tanto tiempo juntos que sentían que tal vez su destino era compartir sus años para siempre... se creó la primera gran duda, que hacer. Ambos se necesitaban.
Las raices estaban enterradas y sintió árbol que su futuro era permanecer allí plantado para crecer y dar grandes frutos; comida para otros. Por su parte oso sentía pena de dejarlo solo, pero sus ansias por experimetar cosas nuevas, crecer en su camino de animal, le eran tanto o más importantes... por ello, se fue. Árbol quedó en su lugar de siempre junto a otros que crecieron a su alrededor. Pensaba en qué debería hacer para seguir adelante en su desarrollo y sintió también que ya era hora de tomar rumbo como otros de su especie que alguna vez desenterraron sus raices y emigraron a otros lugares. Era extraño caminar sin un fin determinado pero siguió su instinto. Conoció muchos otros que como él hicieron lo mismo y no se sintió solo como pensaba y fue muy feliz... sin oso, pero su recuerdo estaba en él.
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